21 oct. 2013

1ヶ月 - Un mes

Hace cuatro días que se cumplió un mes desde mi llegada a Tokyo. Vaya, quién lo diría. En ocasiones me da la sensación de que llevo aquí toda la vida, y otras veces veo que apenas seis meses es muy, muy poco tiempo. 

Cada mañana salgo de casa, maleta cargada de libros al hombro, con los cascos puestos y escuchando música, dispuesto a caminar toda Reina Mercedes abajo para coger el 2 y que me deje en el Tamarguillo (corriendo con el tiempo justo para no llegar muy tarde a Ciudad Jardín)... y cuando me esquiva la primera bicicleta, normalmente una madre japonesa llevando a su niño al colegio, vuelvo a la realidad. Estoy a poco más de 11000 kilómetros de Sevilla, literalmente en la otra punta del mundo, siguiendo una rutina radicalmente diferente. En vez de estar en un autobús con vecinos de Bami y la Oliva, me encuentro embutido entre cientos de cuerpos trajeados y maletines en la línea Chuo de tren de la empresa JR. Aunque claro, sustituir el cutrecampus de Ciudad Jardín por una universidad que se encuentra en pleno centro de una de las mayores ciudades del mundo, eso es impagable.

Pero bueno, hoy no voy a hablar de mi vida diaria, ni de la rutina de un universitario extranjero en el país nipón. En la entrada que escribí hace ya casi un mes, recién llegado, comencé la crónica de los primeros días y todos los problemas/anécdotas que me fui encontrando por el camino. Pido perdón por haber tardado tantísimo en actualizar, pero el ritmo de vida de este primer mes ha sido realmente frenético, y los pocos momentos de descanso que he tenido los he dedicado a gastar el futón.

En la entrada anterior me quedé en la parte en que Hiroko, mi segunda madre japonesa, me obligaba a salir del nido volando cual pajarillo (o pajarraco, según se mire). Y para acostumbrar a un recién llegado a Tokyo a moverse por su fantáshtico sistema de trenes, nada mejor que soltarlo en la estación de Shinagawa. No sé si lo he comentado antes, pero la estación es ENORME. MUY MUY ENORME. Confieso que me asusté un poquillo al principio, pero me aferré al papel que llevaba con las indicaciones para no perderme, y me lancé en la búsqueda del andén. Cogí la línea Yamanote (Dios bendiga al que inventó la Yamanote, es de los trenes más útiles que puede haber en esta ciudad) hasta la estación de Shinjuku. Otra que es chica, qué menos. La estación de tren más transitada de todo Japón según me comentaron, y se dice pronto. Desde allí, cogí la línea Chuo-Sobu hasta Nishiogikubo, donde me esperaba Nana, de la inmobiliaria Aquahome.

Bendita Nana, qué grande es. Recién llegado a Nishiogikubo (salida norte), esperando con cara de perdido y viendo cómo todo el mundo me miraba extrañado, de repente veo que se me acerca una muchacha diciéndome en perfecto español: "Tío, tú eres Pablo, ¿no?" Os podréis imaginar lo que fue encontrar, así de sopetón, un cachito de España tan lejos de casa. Una sensación muy rara, y a la vez muy familiar.

Nos fuimos en taxi al piso, mientras íbamos charlando alegremente. En cuanto abrió la puerta yo ya sabía que lo alquilaría, pues me encantó desde el momento en que me envió las fotos por e-mail. Nos tiramos en el suelo del "salón", y me explicó todos los papeles concernientes al contrato, los pagos, la seguridad, las facturas, los permisos... yo que nunca me he metido en follones de alquileres, la prueba de fuego me tocó hacerla en el extranjero, con todos los documentos en un idioma totalmente indescifrable. Menos mal que Nana me tradujo todo lo indispensable, no me quiero ni imaginar lo que podría haber sido intentar alquilar un un piso sin su ayuda.

En cuanto terminamos el papeleo, nos fuimos hacia una suboficina del Ayuntamiento de Suginami (ciudad dentro de Tokyo donde se encuentra el barrio en el que vivo) en el barrio de Ogikubo. Allí tuvimos que hacer los papeles de mi registro como residente, trámite que se empieza en el aeropuerto cuando te entregan la tarjeta de residencia, y que finaliza en el ayuntamiento en cuanto sellan tu nueva dirección en la tarjetita. Nana tuvo la amabilidad también de hacerme los trámites para el Kokumin-Kenkō-Hoken, el Seguro Médico Nacional Japonés (requisito obligatorio para todo estudiante extranjero en Sophia, y creo que en todas las universidades).

Una vez que acabamos con la burocracia, y ya que no daba tiempo a hacer el pago inicial del piso y recibir la llave en el mismo día, quedamos en que dos días después (pues la oficina cerraba al día siguiente) iría a recoger la llave del piso a la oficina de Kichijoji, a sólo una parada de tren de mi piso. Me quedé esa noche y la siguiente en casa de Hiroko, aprovechando para visitar algo de Tokyo con mis otros compañeros españoles, que ya estaban también en Japón.

A la vuelta del encuentro con Nana y de hacer todos los trámites y una vez llegado a casa de Hiroko, me pasó algo que, si bien es realmente una tontería, llegó a emocionarme bastante. Lo que ocurrió fue que mi llegada al piso de Hiroko coincidió con la hora a la que normalmente saca a Gon (el perro de la familia) de paseo, y claro, os podréis imaginar la alegría del pobre animalito cuando vio que un humano abría la puerta de casa. Vino hacia mí con la felicidad del que lleva todo el día encerrado en un piso y se muere por salir y corretear un poco. Después de haberme cruzado en los trenes con miles de personas a las que seguramente jamás volvería a ver, sentí que en esta macrociudad llena de gente tan extraña había un ser que me daba la bienvenida de una manera muy pura. Que en un lugar que a veces puede ser tan frío e impersonal, un perrito me decía: "estás en casa, y me alegro de que hayas llegado". Aunque fuera sólo por algo tan simple e instintivo como que quería que lo sacara de paseo, ese momento me llegó muy hondo.

Una vez llegó el día 19 de septiembre, me dispuse a salir cargadito de maletas a por la aventura de la búsqueda de la llave del piso. Pertrechado con indicaciones y mapas de todo tipo, y tras haber sobrevivido el primer día en los trenes, me sentía capaz de todo. Cuando me despedí de Hiroko antes de que se fuera al trabajo, no me imaginaba todo lo que me quedaba por sufrir ese día.

Cogí la misma ruta que el día 17, ya que sólo tenía que bajarme una estación más allá de Nishiogikubo. Claro, que no es lo mismo trasladarse entre trenes, andenes y estaciones con una maleta en cada mano, y una pesada mochila a la espalda. Hubo muchísima gente que me ayudó (desde policías de estación hasta pasajeros anónimos), destacando el caso de un chaval que cruzó toda la estación de punta a punta conmigo, cargando una de mis maletas y hablando conmigo en inglés, llegando a pagar un billete para poder llevarme hasta la misma puerta del tren que tenía que coger. Y todo eso porque me vio apurado y cargado como un mulo, sin que yo le dijera nada. Vamos, de estas actitudes que te hacen recuperar la fe en la bondad del ser humano.

Cuando llegué por fin a Kichijoji, hacía un calor bastante curioso. Salí cerca de las 9 de la mañana de casa de Hiroko, y llegué sobre las 12 a mi primer destino. 3 horas había tardado en cruzar Tokyo de punta a punta. Y lo que quedaba... pues para cuando conseguí llegar a la oficina de Aquahome, agotado y un poquillo deshidratado, resultó que no era esa la oficina correcta. El problema fue que Nana, que estaba recogiendo a otra compañera mía que llegaba ese mismo día a Tokyo, no podía echarme una mano con los trámites finales, así que me las tuve que apañar solo. Y como soy despistado y huevón por naturaleza, pues entendí mal sus explicaciones, y acabé en la oficina de Aquahome (con quienes había tratado), cuando realmente a donde yo tenía que ir a recoger la llave era a la oficina de Leopalace (la inmobiliaria central). Menos mal que la pobre mujer de Aquahome se apiadó de mí, y se ofreció a acompañarme al lugar correcto. Una vez allí, me explicaron todos los papeles y cómo conectar internet en japonés aderezado con dos o tres palabras en inglés japonizado. Un desastre, vamos. Pero por lo menos lo intentaron, que es lo que cuenta.

Otra vez cargado como un mulo, y tras deshacerme en agradecimientos con la empleada de Aquahome, me dispuse a recorrer la última parte del camino. Desde la vecina estación de Nishiogikubo hasta mi piso, según Google Maps, había como 20 minutos de caminata. No era nada  difícil llegar, a decir verdad. Pero el cansancio, el calor, la falta de agua y la frustración creciente, unido a un vecindario en el que todas las casas parecían absolutamente iguales, me dieron la puntillita. Cuando llevaba 40 minutos caminando, desesperado, le pregunté al la primera persona que me crucé cómo podía llegar a la dirección que tenía. Mi salvador resultó ser un chaval que salía de su casa en ese momento, y que inmediatamente agarró una maleta y me dijo, medio en inglés y medio en japonés: "no sé dónde es, pero lo encontraremos". Al final acabamos dando una vuelta enorme, y ya cuando le preguntamos a un repartidor que pasaba por allí nos dimos cuenta de que mi piso esta al lado de donde yo le había pedido ayuda.

El chaval se fue corriendo, ya que por ayudarme llegaba tarde a su cita. Y yo, sin poder creérmelo aún, y tras meter un rato la cabeza debajo del grifo del fregadero, me tumbé en el suelo del salón, riendo de alivio. Lo divertido fue cuando fui a conectar mi ordenador a internet, que resultó que no funcionaba. "No pasa nada" pensé, "seguro que llamo a Nana y me dice cómo solucionarlo". La cara de tonto que se me quedó al ver que mi teléfono móvil no llamaba a ningún número japonés de mi agenda, fue de cuadro de Edvard Munch. Ahí se me juntó todo por lo que había pasado ese día, todo el agobio, el cansancio y la soledad se unieron para darme un mazazo terrible en el cerebro, y entré (un poquito) en pánico. 
 
INTERNEEEEEEEEEE
Sí, es cierto, lo admito, me emociono y me agobio con auténticas tonterías. Pero en ese momento, yo sólo podía pensar que estaba a 11000 kilómetros de casa, incomunicado, y con miedo de salir a la calle y perderme otra vez. Caí en la cuenta de que ya había llamado antes a teléfonos de mis compañeros españoles aquí en Tokyo, así que llamé a Rocío (mi compañera de viaje) y le di el teléfono de Nana y de Hiroko, por si podía contactar con alguna. Al final consiguió hablar con Hiroko, y esta localizó a Nana, quien me llamó muy preocupada preguntando qué ocurría. Para entonces yo ya estaba más que tranquilo (gracias a haber cantado a todo pulmón toda la discografía de Antílopez), y quedamos en que más adelante pasaría por mi piso, cuando acabara de acomodar a mi compañera que había llegado ese mismo día.

Total, que tenía toda una tarde por delante sin internet. Eso hace maravillas en cuanto a la productividad del hombre moderno, y demostrado queda en que vacié las maletas, ordené todo el piso, y me dio tiempo hasta de ir a comprar el futón (superando así mi miedo a salir solo a la calle). Vamos, todo un éxito. Me sentía mayor y todo. Por la tarde-noche apareció Nana, con un par de cervezas e internet en forma de móvil a modo de disculpa por las molestias. Según sus palabras, "en la central la habían liado parda", y no me habían activado internet para el día que entraba en el piso, sino para el siguiente. Desde su móvil pude avisar por Facebook que estaba vivo y esas cosas, así que nos fuimos tranquilamente a cenar por el barrio, y cuando me desperté al día siguiente... voilà! Ya había internet. Crisis superada.

Y ese, de manera algo resumida, fue mi comienzo en el país del Sol Naciente. Está claro que mudarse a la otra punta del globo no es algo fácil, por muy preparado que creas que puedes estar. Supongo que el hecho de vivir en una residencia puede suavizar un poco las cosas, pero que la primera vez que vivas solo en un piso coincida con la primera estancia larga en el extranjero... bueno, para muestra un botón, ¿no? Aun así, si tuviera que volver a pasar por todo esto, lo haría otra vez sin dudarlo. Incluso cometiendo los mismos errores y despistes, que de todo se aprende.

Después de estos primeros 3 días en Tokyo, vinieron muchos más, millones de experiencias y anécdotas, cada cual más chocante/extraña/divertida que la anterior. Y me froto las manos pensando en las que quedan. A los dos días de instalarme en mi flamante pisito de 20 metros cuadrados, tuvimos la recepción de los alumnos internacionales en la Sophia University, un antro de vicio y perversión una centenaria y respetable institución con una fauna de lo más variada. Eso sí, mayoritariamente femenina. Aunque claro, me parecería un poco abuso continuar hablando de este tema aquí, porque eso ya sí que es otra historia.



-- BONUS TRACK --

Os dejo un reportaje fotográfico de mi pisito en Momoi, Suginami-ku.








































2 comentarios:

  1. Pablo estas en un palacio, comparado en los Dojos de Noda con tatamis echos un fiasco...te deseo lo mejor y que aprendas mucho para luego compartir un abrazo y mucho animo.
    bujindiego.

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    1. ¡Muchas gracias Diego! Ya que al final no pudimos vernos por aquí, nos veremos en Sevilla :D

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